Lenguaje y polítca

Foto tomada de: http://www.pulzo.com/nacion/no-es-cierto-que-penalosa-nunca-haya-dicho-t...

Lenguaje y política

Un indicador que nos permite reconocer el tipo de cultura política que poseen los individuos, así como la cultura política dominante en una sociedad, es el lenguaje.  Este, como nos lo enseñaron en su momento pensadores como Austin, Gadamer, Ricoeur, entre otros, es una empresa política a través de la cual se construye, transforma o reconfigura el mundo. De allí que el lenguaje y la política tengan una relación directamente proporcional: todo acto de habla, es un acto político y, a su vez, todo acto político es una forma de lenguaje. Es decir, el lenguaje es una de las formas políticas a través de las cuales se ejerce el poder.

Un caso particular que nos sirve para ilustrar lo anterior es el lenguaje del actual alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. Durante sus dos años y dos meses de gestión, este ha hecho uso de un conjunto de expresiones, siguiendo a Austin realizativas, a través de la cuales ha intentado construir un lenguaje  estigmatizador, excluyente, discriminatorio y anulador de la diferencia. Hechos puntuales como la discusión en torno al proyecto de urbanizar la Reserva Forestal Thomas van der Hammen; desvirtuar los estudios técnicos para la construcción del metro subterráneo, los más avanzados en la historia de la ciudad, para defender el metro elevado; criminalizar las protestas de los usuarios de Transmilenio y de los exempleados de Aguas de Bogotá, son sólo algunos de los ejemplos.

En cuanto a la Reserva Forestal Thomas van der Hammen, Peñalosa manifestó ante las críticas realizadas por un grupo de ciudadanos a su plan de urbanizarla, que esta “no tenía nada distinto a cualquier otro potrero” lleno de vacas, que por lo tanto su uso debía orientarse a la construcción de viviendas y equipamiento urbano, principalmente vías. Expresión y pensamiento que pone de manifiesto la poca o nula comprensión, intencionada o no, este es otro debate, acerca de uno de los temas centrales de las ciudades en el siglo XXI: su sostenibilidad socio-ambiental. La Reserva, como sostienen reconocidos ecologistas y ambientalistas, se constituye en el pulmón de vida de la capital del país al ser una franja ecológica que posibilita la conexión, restauración y protección de la biodiversidad en fauna y flora que posee la sabana de Bogotá; de allí que se debe proteger de la intervención urbanística. La intervención de la misma en los términos que plantea Peñalosa implicaría su destrucción y reducción a simples parques recreativos y no ecológicos. Dos cosas muy diferentes.

En su intención de desvirtuar los estudios técnicos del metro subterráneo y presumir de las ventajas del metro elevado frente a este, realizó la siguiente analogía: asemejó las estaciones subterráneas a madrigueras de ratas, mientras la estructura elevada a un espacio que posibilita realizar un “casi sobrevuelo bajo por la ciudad, con luz natural”, algo mucho más sexy que montar en metro subterráneo. En sus propias palabras recriminó a los ciudadanos al manifestar que a estos “les parece muy sexy el metro subterráneo porque no lo han usado. Pero cuando ya tienen que meterse bajo tierra como una rata todos los días, en unos túneles que huelen a orines con mucha frecuencia", esto es diferente. Con esta expresión su propósito elocutivo era doble. Deserotizar, es decir, negarle posibilidad de placer, y acá no nos referimos al placer sexual, a los ciudadanos de experimentar un posible sistema de transporte más acorde a sus necesidades. Y negarles su ciudadanía al animalizarlos como ratas. Nada más cercano a un tipo de gobierno autoritario, si no, recuerden la nefasta experiencia de la denominación que utilizaron los alemanes para caracterizar a los judíos durante la segunda guerra mundial.

En hechos más recientes, como la protesta de un conjunto de usuarios frente a la mala calidad en la prestación del servicio de Transmilenio en Soacha y la de los exempleados de la extinta empresa Aguas de Bogotá por el cambio de modelo de aseo, con las consecuencias que esto acarreó para la gran mayoría de ellos, la respuesta de Peñalosa fue la criminalización. En el primer caso apeló a la expresión “matoncitos politiqueros” para caracterizar a los usuarios como simples bandidos que habían sido movilizados por ciertos sectores políticos en vísperas de elecciones en búsqueda de réditos políticos. Mientras en el segundo, definió la protesta como un “acto de sabotaje” por parte de los empleados para generar caos en la recolección de las basuras en la ciudad. La intencionalidad de estas dos expresiones era negar de entrada cualquier tipo de reconocimiento político a las personas que participaron en las protestas, como a las demandas movilizadas por las mismas. Las redujo a simples hechos delincuencias, lógica política asociada a una cultura autoritaria, dogmática, totalitaria y poco o, más bien, nada proclive a un ejercicio democrático.   

Como hemos visto el uso de estas expresiones, célebres, no por su elocuencia o capacidad analítica y reflexiva, sino por su irreflexividad, han estado articuladas a la construcción de un lenguaje que tiene como propósito anular proyectos de ciudad diferentes al planteado y defendido por Peñalosa, contribuyendo al reforzamiento de una cultura política donde el lucro, la avaricia, la falta de empatía hacia los más desfavorecidos socialmente, el desprecio por la naturaleza y la reproducción de la visión antropocéntrica del hombre como dominador de ella, la criminalización de la protesta social, se constituyen en el eje vertebral que organiza el modelo de ciudad peñalosista.