De puñales, cuchillos y navajas (crónica)

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Vamos a hacernos los lances, a rompernos los cueros, le gritó La Chapa al Rigo, sacando de su pantalón un puñal oxidado y envolviendo su brazo izquierdo con una chaqueta de jean. El Rigo saltó a la calle con una navaja retráctil, mientras se enmuletaba una cobija en el brazo izquierdo. Los dos hombres bailaron alrededor del otro, dando saltitos adelante y hacia atrás, lanzando sus filos en la oscuridad de una calle del Barrio San Bernardo, en Bogotá. Enmuletarse en este contexto significa protegerse, a manera de escudo, con una prenda envuelta en el brazo que no sostiene el puñal con el que se ataca. Esa noche, el jean resultó más resistente que la cobija y a los pocos segundos, el Rigo ya sangraba por el antebrazo izquierdo.

La Chapa sabía que era el momento de atacar con determinación, el que pega primero, pega dos veces, como se dice en la calle. El Rigo se abalanzó, La Chapa se agachó y le enterró la patecabra en las costillas. El Rigo se puso pálido y cayó contra el andén. Las costillas le traquearon. La Chapa lo vio muy asustado contra el muro y pensó lo peor. Salió corriendo del lugar. Esa noche, después de vender un celular que había robado en el Centro, La Chapa había llegado a la pieza, con el sencillo deseo de dormir. El Rigo le pidió plata. La Chapa le dio mil pesos para el bazuco y se encerró en su habitación. Al rato, El Rigo le pidió más plata. La Chapa le dio para que comprara dos papeletas más y lo dejara en paz. Al cabo de otro rato, cuando La Chapa ya dormía, El Rigo golpeó con violencia la puerta pidiendo más dinero. Ahí comenzó la pelea. Don Gustavo, un carpintero que vivía en la misma calle, vio todo el enfrentamiento y ayudó al Rigo a llegar al hospital. El Rigo no murió, la navaja retráctil le perforó el pulmón y tuvieron que entubarlo para darle ventilación mecánica, mientras le drenaban la sangre con la que se ahogaba.

La Chapa es un hombre de 36 años que ha vivido desde los 16 en las calles. Es alto, de ojos verdes y pequeños, espalda ancha y corte militar. Se viste con una cazadora negra que le sirve para esconder el puñal que lleva consigo. Lo carga apretado entre la chaqueta y el omoplato, o lo cuelga de una cadena sobre el pecho. De esa manera evade las requisas de la policía. La Chapa nació en Dosquebradas, Risaralda, pero desde los 12 años vive en Bogotá. Tiene cicatrices en los hombros, en el pecho, en el vientre, en los brazos y en las piernas. Recuerdos de peleas a navaja, cuchillo y puñal, o mejor como él prefiere llamarlos: patecabra, mateganado y quince pesos.

2

La primera punzada abrió la carne del César y la sangre empapó las túnicas alrededor. El suelo del recinto fue revuelto por los pies de los senadores, que entraban y salían del charco escarlata, resbalando y propinando golpes mortales. La segunda punzada cortó el estómago y laceró el hígado. La tercera se hundió en el corazón como en una tarta de mariposas. Las puñaladas restantes cayeron como una tormenta de manos enemigas. Las heridas en el torso, cuello y espalda, explican con contundencia uno de los magnicidios más célebres de la historia, inmortalizado en la tragedia Julio César de William Shakespeare.

 

Los primeros parientes de las armas blancas, datan del período paleolítico (hace 2,8 millones de años A.C). Los homínidos afilaban piedras y con ellas asesinaban miembros de clanes enemigos, cortaban los cuellos de los animales, desollaban sus pieles y se protegían del frío. Con el paso del tiempo, las hojas afiladas de bronce, hierro y acero reemplazaron a los puñales de piedra. Las espadas, sables y dagas, conquistaron imperios, destronaron reyes e impusieron religiones.

En el siglo XIX, los cuchillos plegables se usaron para pelar frutas, sacar filo a los lápices y de vez en cuando, batirse a duelo en los callejones de un arrabal o en el descampado frente a una estancia, como bien lo narra Jorge Luis Borges en cuentos como El Sur y El Fin.

Así, las armas blancas llegaron hasta nuestros días y los genes de sus antepasados siguen imponiéndose con violencia. Sólo en Colombia, en 2012, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, realizó 2.472 necropsias por esta causa. En 2013, la cifra fue de 2.188 personas, y en 2014 el Instituto reportó 2.416 muertes con armas blancas. Una suma, en los últimos tres años, de 7.076 decesos violentos, gracias a los oficios letales de estas armas frías y curvilíneas.

3

El Rigo contaba las horas para salir del hospital. Soñaba con hundir su cuchillo varias veces en el cuerpo de La Chapa. Al ser dado de alta, el Rigo buscó a dos leales cuchilleros con los que solía atracar, y así, el trío emprendió la cacería. Esa tarde, Don Gustavo, el carpintero, les contó que había escuchado que La Chapa iba a hacer unas vueltas por la Caracas con 1º de Mayo. Los tres se fueron para la zona, después de espiar con minucia, detectaron a la víctima. El plan era sencillo: El Rigo iría de frente para distraer a La Chapa y los dos cuchilleros lo sorprenderían por detrás. Y así ocurrió. La Chapa iba caminando cuando vio al Rigo. Sacó su navaja y lo esperó. El Rigo sacó su cuchillo y corrió hacia él. Los dos cuchilleros, ocultos bajo sus gorras coloridas, lo asaltaron por la espalda. Enterraron sus filos en los hombros, en los brazos, en el pecho, pero fue sólo uno el que dobló a La Chapa. Un lance en la barriga. La Chapa sintió como si se le fuera el mundo, sintió que le sacaban el aire, sintió que no podía respirar. Se puso la mano en la herida, se agachó y les dijo: ¡gonorreas ya me jodieron! Déjenme sano. El Rigo y los dos cuchilleros lo puntearon un par de veces más y huyeron del lugar.

Al rato llegó la policía y llevó a La Chapa a urgencias. Un doctor lo examinó, le hundió un dedo en la herida y se percató que el asunto era profundo, peligroso. Tenían que operarlo ya mismo. Tenían que practicarle una laparotomía.

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Julián Gómez es especialista en Cirugía General de la Universidad Javeriana y trabaja en el Hospital San Ignacio de Bogotá. Usa una bata blanca, un uniforme de algodón azul y unas gafas de marco grueso. Julián Gómez ha atendido varios casos de heridas con arma blanca. En el cuello, en el pecho, en el vientre. El Dr. Gómez advierte que no todas las heridas se llevan a cirugía, eso depende si son superficiales o profundas. Cualquier herida que transgreda el recubrimiento del músculo, en el abdomen por ejemplo, debe llevarse a cirugía porque hay riesgo de una lesión en el colon, en el estómago, etc. Eso fue precisamente lo que le ocurrió a La Chapa, por ello se hizo necesaria una laparotomía.

La incisión inicial, la que corta la piel, se hace con un bisturí frío. Este corte, de aproximadamente diez centímetros, se hace justo debajo del ombligo, de manera vertical en dirección al estómago. Luego, con un electrobisturí se cortan los tejidos. El electrobisturí, debido al calor que libera mientras funciona, permite que se vaya cortando la piel, la grasa y el músculo, al mismo tiempo que los va cauterizando. A este procedimiento se le conoce como hemostasia, cuya utilidad es la de evitar que los tejidos sangren copiosamente durante la cirugía. A medida que se van cortando las diferentes capas abdominales, se limpian los fluidos con unas compresas quirúrgicas, hasta llegar al peritoneo, que es la membrana que envuelve los órganos del abdomen. Una vez allí, se abre la cavidad intestinal como si  fuera un libro, para que el cirujano pueda revisar los seis metros de intestino a cabalidad. Las vísceras se exploran en busca de heridas. Luego, el cirujano devuelve el intestino a su sitio, une las capas abdominales y sutura la piel del paciente. Esta cirugía, practicada varias veces por el Dr. Gómez, fue la que aseguró que La Chapa continuara con vida.

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Se les conoce como armas blancas por su brillo plateado. Un puñal al ser expuesto a la luz resplandece. Si en las calles los puñales, navajas y cuchillos reciben los nombres de quince pesos, patecabras y mateganados; en la clasificación que hace el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, se les denomina por el tipo de herida que producen: cortante, por el filo del puñal; punzante, por la punta del cuchillo; o cortopunzante, con el filo y la punta al mismo tiempo.

El Dr. Nelson Ricardo Téllez es especialista en patología y uno de los médicos forenses más destacados del Instituto. El Dr. Téllez afirma que se puede detectar, según las heridas, el tipo de arma blanca que se empleó. Si la herida asemeja una gota roja fue un cuchillo el que la causó, porque éste tiene un solo filo, el otro extremo es un lomo que no corta. Por eso las heridas con cuchillo presentan un ángulo romo, como las que quedaron desperdigadas en el cuerpo de Marion Crane, luego de que Norman Bates la asesinara bajo la ducha en Psicosis. Si la herida en la piel imita un as de diamantes, con los dos ángulos agudos, fue hecha con un puñal porque éste tiene los dos bordes afilados, y esto ofrece un remate en punta, tal y como le gustaba a Jairo, el protagonista de Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo, quien solía llamar a sus puñales como a los días de la semana.

6

Toño Peña paga una condena de veinte años en la Cárcel Modelo de Bucaramanga. Es un hombre alto, gordo, de pelo y bigote rubio, que pasa sus días entre las lecturas de los clásicos, las clases del Colegio San Juan Bosco y el profundo silencio de una meditación privada, dolorosa. Una noche, luego de beberse unos tragos, Toño llegó a su casa y al no encontrar a su mujer, su imaginación febril se llenó de imágenes en las que su mujer lo engañaba. Toño había estado bebiendo con unos supuestos amigos, que le venían llenando la cabeza, desde hacía semanas, con historias falsas. La mujer de Toño era muy atractiva y esto provocaba la envidia de sus compañeros, quienes machistas hasta el tuétano, confundían las gracias de la bella mujer, con actitudes provocadoras, coquetas. Toño se dejó envolver por las habladurías y aquella noche, trastornado por pasiones de baja estofa, asesinó a su mujer de treinta puñaladas, apenas ella regresó de la casa de la vecina, en la que se había demorado actualizando chismes, mientras veían la telenovela de las 8:00.  

Overkill es un tipo de homicidio que por lo general es llevado a cabo con arma blanca, cuya característica principal es la violencia y rabia con el que se comete. Según la publicación Forensis 2013 del Instituto Nacional de Medicina Legal, se presenta overkill cuando hay más de cinco lesiones en la víctima. En Forensis 2013 aparece el ensayo La relación entre el tipo de feminicidio y el overkill por arma blanca, el cual examina 337 casos de mujeres asesinadas con arma blanca desde 2011 hasta 2013. El estudio concluye, entre otras cosas,  que de los 337 feminicidios, 132 fueron cometidos por las parejas de las mujeres (esposos, cónyuges, novios) y de estos 132 asesinatos, 73 llegaron hasta el overkill, ese crimen que no sólo se detiene con la muerte de la mujer, sino que además pareciera querer arrancarle el alma a puñaladas.

En el cuadro de Frida Kahlo, Unos cuantos piqueticos de 1935, una mujer desnuda yace sobre una cama, con incontables heridas en su cuerpo, mientras el asesino la observa con el puñal en la mano derecha. El cuadro representa la historia de un campesino mexicano que asesinó a su mujer y al verse condenado, declaró en su defensa: “pero si solo le di unos cuantos piqueticos”. En el libro Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, los hermanos Vicario le clavan veinte veces el cuchillo a Santiago Nasar mientras que: “permaneció todavía un instante apoyado contra la puerta, hasta que vio sus propias vísceras al sol, limpias y azules, y cayó de rodillas”. En las obras de Kahlo y García Márquez se comprende con mayor precisión, de qué se trata esta atrocidad.

Así, los cuchillos, navajas y puñales seguirán marcando la historia del mundo, haciendo las veces de las manecillas del reloj. Horas afiladas en la sangre, la venganza y la locura de quienes juegan con lances metálicos en la madrugada. Horas que se aferran con las manos desnudas, a los bordes resbaladizos y cortantes de la realidad.