¿Qué hacía Fidel Castro en Bogotá el día que asesinaron a Gaitán?

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“En El Bogotazo, Fidel no sólo descubrió la realidad política colombiana, también comprobó que aún la peor violencia: da tiempo para el placer”.

Foto de Fidel Castro: Pietro Izzo @Flickr

Fidel Castro no estuvo en El Bogotazo para acompañar a Gaitán en el billete de mil pesos y mucho menos para asesinarlo, como lo sostienen los mismos inventores de una mezcla irreal llamada “castrochavismo”.

Ninguna de las dos versiones es cierta. Fidel no aparece en el billete de mil, pues el diseñador de la imagen, José Antonio Suárez, ha repetido hasta el cansancio que dibujó a un señor con bigote, no a Fidel. Además, el bigotón de la imagen tiene más de 21 años, la edad de Fidel Castro en 1948. Y los que inventan teorías de conspiración, olvidan que para la época Fidel era un estudiante sin bigote, entusiasta y crítico, no el revolucionario que en 1959 dirigió a los barbudos que derrocaron a Fulgencio Batista e iniciaron una nueva era para el continente.

Pero entonces, ¿qué hacía Fidel Castro en Bogotá el día que masacraron a Jorge Eliécer Gaitán? En 1948, se llevó a cabo en Bogotá la IX Conferencia Panamericana donde se definió la creación de la OEA. Fidel Castro organizaba un Congreso de Estudiantes Latinoamericanos en contra de la Conferencia que él veía como caldo de cultivo del virus que, con auspicio central de Estados Unidos, propagaba las dictaduras.

El siete de abril, los estudiantes ligados a la organización del Congreso llevaron a Fidel Castro a entrevistarse con la figura política más representativa de la lucha del pueblo colombiano contra la oligarquía: Jorge Eliécer Gaitán. Fidel recuerda: “fuimos a explicarle  […] todas las ideas que teníamos y a pedirle apoyo. A Gaitán le entusiasmó la idea del congreso y nos ofreció su apoyo […] nos prometió que él clausuraría el congreso”. Fidel Castro y su compañero Rafael del Pino pactaron un segundo encuentro con el líder político colombiano. La cita se arregló para el viernes nueve de abril de 1948 a las dos de la tarde, pero la oligarquía se atravesó e impidió el encuentro a punta de balazos.   

En la imagen, recuperada del calendario que organizaba la agenda de Gaitán del día siete de abril, figuran los nombres de Fidel Castro y Rafael del Pino, quien luego sería encarcelado y muerto en Cuba. Foto tomada del libro El Bogotazo: memorias del olvido de 1980.

El destino quiso que dos grandes de la historia universal coincidieran en suelo bogotano cuando acribillaron a Gaitán. Gabriel García Márquez y Fidel Castro, sin conocerse, estaban a metros de distancia cuando la capital colombiana sufrió un poco de lo que las regiones del país han sufrido siempre: pilas de cadáveres, saqueos e incendios.

La ciudad arrasada fue un detonante en el sueño revolucionario de Castro, pues mientras García Márquez protegía su vida, Fidel se sintió como pez en el agua dentro del pueblo alzado en armas, pero carente de estrategia política y militar. Así se lo contó el propio Fidel Castro a Arturo Alape: “Reaccioné con la misma indignación de un colombiano frente a la muerte de Gaitán, reaccioné con el mismo espíritu de un colombiano frente a una situación de injusticia y de opresión que había en el país […] aun sabiendo que aquello era un suicidio me quedé allí”.

Fidel, más que organizar una revolución en Colombia, se sumó extasiado a vivir una trifulca espontánea. Castro pudo influir muy poco en el El Bogotazo, pero El Bogotazo sí influyó mucho en él: “influyó notablemente en mí desde el punto de vista de mis sentimientos revolucionarios. Porque me quedé con el dolor de la muerte de Gaitán, me quedé con el dolor del pueblo explotado, me quedé con el dolor del pueblo ensangrentado, me quedé con el dolor del pueblo derrotado […] y sobre todo me quedé con el dolor de la traición. El pueblo fue traicionado […] porque dijeron que ha habido un arreglo, una tregua, se suponía que significaba un cambio de la situación, el cese de derramamiento de sangre, garantías para todo el mundo. Pero no se me podrá olvidar jamás, cómo después de que […] se entregan las armas, decenas de revolucionarios fueron cazados literalmente en la ciudad. Yo te digo que esos eran héroes”.

Fidel comprendió, en muy poco tiempo, la treta con la que siempre el Estado colombiano asesina a los revolucionarios que entregan las armas. Él escuchó el clamor popular, condición que García Márquez anotaría tiempo después, cuando señaló sobre Fidel que: “Esa preocupación por los semejantes, unida a una voluntad inquebrantable, parecen construir la esencia de su personalidad”.

Postales de la Bogotá de 1948: culeo, calles y cafés

 

El hombre que más veces intentó asesinar la CIA en toda la historia –algunos dicen que más de 600 veces y otros son más exactos al calcular por lo menos 150 atentados fallidos– se unió a la pelotera del pueblo que pregonaba justicia. En esa situación, el día diez de abril, Fidel escuchó una palabra que le quedó tatuada en su memoria: “culear”. Mientras patrullaba por la zona baja de los cerros tutelares de Bogotá, Fidel tuvo contacto con los campesinos, de quienes destacó su trato: “Todo el mundo muy amable, brindaban comida, vino, brindaban todo. Muy amables todos los campesinos que estaban en los altos por donde yo estaba patrullando”.

Esos mismos campesinos son los que instruyen a Fidel en la conjugación del verbo “culear”: voz popular de Colombia, Argentina y Chile que significa tener relaciones sexuales. Fidel advierte que un carro va en su dirección, le hace el alto pero el vehículo no se detiene. Imagina que es un espía y luego comprueba, con los campesinos, que sí espiaba, pero dentro de dos prostitutas: “El tipo después que hace la curva se escucha un ruido fuerte, choca el carro, se tira, yo le doy el alto, le digo: ¡Párate! ¡Párate!, no se para, no le tiré porque me di cuenta que era un hombre que no estaba armado […] ¿Tú sabes lo que estaba haciendo el hombre, que yo, me creía que era un espía. Tú no me lo crees, eso no me lo vas a creer ni tú ni nadie, porque yo después averigüé con los vecinos […] El hombre el día diez, había salido con dos prostitutas de la ciudad y se había ido para aquellas lomas […] el hombre se estaba divirtiendo. Eso me dijeron los campesinos. ‘Está culeando, culeando aquí con dos prostitutas’. ¡Nunca había oído esa palabra! Yo averigüé, un tipo loco, tú te imaginas la ciudad ardiendo, la guerra andando y él con dos prostitutas por las afueras de Bogotá”.

En El Bogotazo, Fidel no sólo descubrió la realidad política colombiana, también comprobó que aún la peor violencia: da tiempo para el placer. El líder cubano afirma su versión, por si algún lector tiene dudas: “Lo que yo te estoy diciendo es exacto, riguroso, de las cosas increíbles que pasaron ese día”. Las palabras de Fidel tienen un peso histórico profundo, pues como lo menciona Gerald Martín, Castro es “un indudable candidato de excepción para ocupar el segundo puesto –después de Bolívar– en la lista de los grandes hombres de América Latina. Aunque sólo sea por su longevidad política […] el récord de Fidel Castro está fuera de toda duda”. Sin importar nuestra posición política, es innegable que Fidel Castro representa un punto principal en la historia, si no del mundo, sí de América Latina. Él mismo le dijo al periodista Ricardo Santamaría: “Yo era un cowboy, mucho más que Reagan, porque él era de película y yo de verdad”.

Ese vaquero de habano en boca quedó sorprendido con otras tres cosas de la Bogotá que vivió: el orden de las calles, la carrera séptima y los cafés. Primero, se fijó en la nomenclatura de las calles: “podría decirte cómo me impresionó Bogotá. Me llamó la atención, era la primera vez en mi vida que estaba en Bogotá y en Colombia, que la ciudad se caracterizaba por una cosa nada familiar para nosotros: las calles se dividían en calles y carreras; lo primero era entender aquello de que las carreras iban en una dirección y las calles iban en otra”.

Sólo los colombianos entendemos que en la séptima con trece fue que mataron a Gaitán. Ha pasado más de medio siglo y todavía la séptima guarda mucho de aquella del 48, por la que caminó Fidel: “Me llamaba la atención también, especialmente en esa carrera séptima […] la gran cantidad de personas en la calle, durante todo el día, sin que yo pudiera explicarme ni entonces ni ahora siquiera, porque había una multitud de personas en la calle, con sus sobretodos, tal vez en aquella época hacía más frío que ahora, la ciudad no había crecido tanto, no era una ciudad moderna, era una ciudad bastante antigua”.

Fidel también señala la presencia de los cafés bogotanos: “muchos cafés, parece que era un hábito, una tradición colombiana el llegar a los cafés a tomar café, o cerveza o refresco”. No era un hábito, lo es. En Colombia todo empieza o termina con un café: un desayuno, una cita amorosa, un negocio, una charla académica, una lectura, un almuerzo, etc.

El once de abril, Fidel sería acusado de conspiración para instaurar el comunismo y el socialismo en Colombia. Y por esos azares del destino, fue el mismo gobierno cubano quien lo ayudó a salir del país: “A todo esto nosotros éramos enemigos del gobierno de Cuba y nos llevaron al consulado de Cuba […] Para que tú veas lo que son las paradojas de la historia […] El hecho es que el Cónsul nos dio toda la protección y nos recibieron y nos atendieron”.

Los políticos que asumen en sus discursos los odios heredados se aprovechan de la desinformación del pueblo para orquestar teorías inverosímiles sobre la muerte de Gaitán. Esta es una versión de lo sucedido, no la única, allá usted si se queda con esta; la contrarresta o simplemente la rechaza, pero haga lo que haga, hágalo consciente de que nunca hay una verdad absoluta e irrebatible. Esta es la versión de Fidel: “Así termina toda una sucesión de cosas casi milagrosas que pasaron allá […] si a nosotros nos agarran allí nos echan la culpa de todo. El gobierno estaba buscando la mentira de que aquello era una conspiración comunista y de extranjeros […] La gran verdad es que nosotros no tuvimos nada que ver con aquello”.

Para mí, está claro que Fidel no fue autor ni material ni intelectual del asesinato horrendo de Gaitán. Los rumores que siempre se alzan por esta fecha son ridículos y crean caos como se acostumbró desde la guerra fría. Espero que este modo de infundir miedo y versiones falsas quede relegado para siempre con la visita de Barack Obama a Cuba. Ya la historia dirá si el presidente de Estados Unidos aprendió algo del fantástico léxico cubano, como por ejemplo, qué significa “quimbar”.