Una casa a la orilla del río

Fotografía tomada de: https://wsimag.com/es/trama/31138-viaje-a-inirida

 

Una casa a la orilla del río

 

La gente que me conoce me dice que soy mala cachaca. Los que no me conocen me preguntan que si mi familia es de la costa. Mi mamá me dice que los costeños son mi gente. Yo, yo digo que el GPS que guió a la cigüeña que me traía tuvo una falla. Si me dedicara a escritora, mis mejores obras serían creadas pensando en el rio grande de la Magdalena, en las olas que le hacen cosquillas a la playa, en el golpe de mi tambor de palo y cuero, en la mirada recia de los negros de mi tierra, en el melódico acento de toditos los que están río Magdalena arriba desde la provincia de mares hasta Punta Gallina.

Hoy escojo un lugar al que hasta la esperanza viaja en chalupa. “Muévete, niña, van a ser las cinco de la tarde, muévete pa’ que alcances la chalupa y si no te toca esperar hasta mañana”.

Hay festival de tambora en San Martín de Loba, es octubre de 2016 y los folcloristas del Magdalena medio emprendemos un largo viaje con solo un objetivo: ganar la tambora de oro. Yo, que voy desde Bucaramanga, viajo en bus cinco horas hasta el Banco, Magdalena, la tierra de José Barros. En el embarcadero ya es muy oscuro, son casi las seis de la tarde y solo una chalupa “privada”, enviada por la organización del festival, puede llevarnos a mí y al grupo participante con el que voy, a San Martín.

El río se ve azul por el reflejo del cielo en él y la luna saliente. Huele a pescado y a río, el bochorno no es poco, pero es que uno no tiene malestares si está al lado del Magdalena. La felicidad nace ahí y desemboca en el mar. A lo lejos unas luces que se acercan. “Ombe, por fin”, dice uno de mis compañeros. El sonido de los motores tísicos de las chalupas nos advierte que cojamos las maletas porque ya vienen por nosotros. Subirse a un animal de esos es desafiar el universo, la ley de gravedad, la ley de rotación, el punto de equilibrio ecuatorial, todo. Pero yo creo que al cielo se llega en chalupa. Estar en una de ellas en mitad del rio Magdalena, sintiendo las olas, pasando la mano por su superficie, viendo las aves hacer figuras mientras vuelan en bandada sobre él, saberse tan pequeño en medio de tanta majestuosidad es arrebatarle un instante de eternidad al tiempo. Treinta y cinco minutos después desafiamos de nuevo el equilibrio para bajarnos de la chalupa en la entrada de San Martín. Llegar allá es darse cuenta de que solo los seres llenos de coraje y amor viajan en chalupa, por eso la política ni la politiquería llegan por allá. No hay pavimento ni hospital ni agua potable, y hay poca luz y poco gas. Un camión nos lleva, cual reses al matadero, durante otros veinte minutos desde el embarcadero hasta el pueblo.

Cientos de foráneos hemos llegado, y los lobanos, sin escatimar, comparten con todos su luz y su agua, lo poco que les brinda el Estado. Llegar es darse cuenta de que el tiempo se detuvo allí: señoras con pollerín contoneándose por las calles, reunión en frente de la casa por las noches al vaivén de las mecedoras, cocinas de leña en el patio trasero de las casas, a lo lejos una tambora sonando con niños y adultos bailando en la rueda. “Sí, niña, así ej aquí siempre; haya o no hay fejtival, aquí se baila tambora siempre, igualito que como cuando mi abuela”.

“Aquí no hay hoteles, solo podemos ofrecerles un salón del colegio para que se queden”, dice uno de los organizadores. “No se preocupe, hombre, díganos a qué hora es nuestro turno para bañarnos”, dice la directora, que se va hablando con el encargado.

 Nos alistamos con nuestros trajes y salimos al encuentro. Hay canecas repletas de naranjas por todo el pueblo. “Ej que aquí se da mucho la naranja, y todo ese montón se pierde, menos mal ej fejtival, pa’ que entre tuitos se coman eso”. Pasar por esas calles es recibir una sonrisa, una invitación a tomarse algo de lo que estén tomando en ese momento, un “¡Bienvenidos, esta es su casa!”. Uno llega siendo foráneo y tres días después, cuando acaba el festival, se va siendo compadre.

Uno aprende que desayunar bocachico ‘e río, frito, con yuca chicha. Es “Cule vaina rica”, que injustamente los cachacos los llamamos perezosos porque a las cinco de la mañana ya sacaron del río su primer carga de pescado, que bañarse a potaos recuerda la grandeza que hay en la insignificancia, que existe gente grata que se para tras el camión en el que uno se devuelve al embarcadero para volver a casa, y se despide moviendo los brazos, “¡Vuelvan pronto, aquí dejaron casa!”, y otros sencillamente se despiden con una mirada dolorosa que grita una añoranza que no comprendí hasta que me detuve a pensar que San Martín me había dejado más que una enseñanza musical: la cultura y la idiosincrasia son más que expresiones folclóricas y costumbres. Para un pueblo, para muchos, sobre todo en un país como Colombia, su cultura es su única esperanza. Es por la de San Martín, por ejemplo, que muchos nos aventuramos a viajar en chalupa, pues esas miradas que gritan una añoranza son la realidad misma de una frase que me dijo una lobana de ojos tristes y cansados de una vida que en ningún momento refleja el tan mentado siglo XXI: “Nosotroj conservamoj nuejtro fejtival, nuejtra tambora, pa’ que por eso noj recuerden y no se olviden de que exijtimos”.

De vuelta en ese camión, con la certeza de que había dejado una casa para mí a la orilla del río, mientras veía cómo nos despedían moviendo los brazos, mientras mis compañeros celebraban porque la tambora de oro era nuestra, en esos cortos minutos en los que cada vez quedaban más lejos y los veía más pequeños y yo pensaba en esa frase de la vieja lobana, un nudo en la garganta me ahogó, supe que ninguna entidad, ningún gobernante ni nadie más que nosotros iba a coger una chalupa para llegar allá y entonces, nadie más que nosotros, los nadies que hacemos folclor, va a saber que ellos existen. Y que la imagen del país más alegre del mundo es el comercio cruel de la esperanza de un país que no hace jolglorio porque sí, que más allá del mercado cultural del caribe y su gran negocio con el carnaval de Barranquilla, hay pueblos que mantienen sus expresiones con un halo de dolor en el fondo de sus danzas y sus canciones, con el único fin de poder sobrevivir, con la esperanza de quien envía una señal de humo en mitad de la montaña. Pa’ ver si al menos por eso los recuerdan y se sabe que existen, pa’ ver si algún día esa esperanza, la que viaja en chalupa, vuelve con una mejor oportunidad.