La poesía, un lenguaje omnipresente

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“Ahora sé

que trazar estas líneas

no es

sino la forma última de hacer la poesía”

                          - Luis Rogelio Nogueras

 

La poesía ha acompañado los pasos de la humanidad y las civilizaciones desde tiempos remotos. Ella ha sido una manifestación que no solo ha tomado forma de poema configurado en escritura, sino que se ha relacionado con los ritos, los cantos y hasta las oraciones propias de las sociedades y su cultura, muchas veces perennes gracias a la tradición oral, y surgidas bajo nociones, perspectivas y sentires variables. En la Antigua Grecia, por ejemplo, la lírica se componía de cantos poéticos que se entonaban en compañía de la lira y que causaban conmoción colectiva. Poetas clásicos cantaban en las grandes ceremonias o en pequeñas tertulias, y su poesía surgía y se nutría de la mitología, de los acontecimientos de la época, de sus propias vivencias y hasta de sus sentimientos íntimos, evidenciando la variedad de circunstancias en que puede surgir la inspiración poética.

Teniendo muy en cuenta la imperante voz de grandes poetas como Octavio Paz, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Luis Rogelio Nogueras, complementada con un par de referencias teóricas, es posible observar que la poesía es un lenguaje que se encuentra en todos lados y que, aunque no es percibido por todos y menos aún disfrutado y aprehendido, no deja por ello de ser naturalmente omnipresente.

Vásquez Rodríguez (2014) es muy certero al expresar que “el poeta aviva la luz de las cosas”. Para este autor, la tarea del poeta es la de dar nueva vida a las cosas, devolverles su esencia y plenitud, e invitar a sus congéneres a mantener una actitud de “ojos abiertos” frente a la riqueza de la vida. Podría interpretarse así que, quien hace poesía, no solo la realiza como un objeto más, sino que él –o ella- posee un profundo sentido de la sensibilidad y una inagotable vocación de asombro. Vásquez Rodríguez (2014) agrega que: “el poeta nos invita a detenernos. A no pasar de largo. A fascinarnos. A asombrarnos. […] El poeta desvela o quita el barniz de lo superfluo” (pp. 27-28).

Es evidente que, aunque nuestro mundo físico nos someta a la evidencia, lo presente y lo palpable, el poeta es un ser que se toma el tiempo de frenar los afanes de la cotidianidad para forjar un conjunto de ideas que transcienden de lo meramente momentáneo y que, acompañado del ensimismamiento y la sensibilidad, generan dentro de nosotros un estado de conmoción muchas veces imperceptible antes de sentirlo en la imagen poética.

Por su parte, Octavio Paz (1986) nos aclara los confusos conceptos de poema, poesía y poética, asunto que resuelve diciendo que el primero es una forma que toma la poesía, asociando esta última más con lo contemplativo y relativo a la imagen y culminando con lo poético, que vendría a ser la relación entre el hombre y la poesía. Podría deducirse sin lugar a dudas que, siendo infinitas las relaciones que el hombre puede establecer con los entes de su alrededor sean o no físicos, entonces la poesía puede –y debe- estar igualmente en todas partes. ¿No es así? Al respecto, Octavio Paz (1986) dirá que:

No todo poema –o para ser exactos: no toda obra construida bajo las leyes del metro- contiene poesía. […] Hay máquinas de rimar pero no de poetizar. […] Por otra parte, hay poesía sin poemas; paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesía sin ser poemas (p. 14).

Bajo esta idea, es inevitable pensar en la posibilidad de ser de la poesía, cuyos límites van más allá de la simple materialización de una imagen en una hoja de papel, tal como nos lo hace entender Luis Rogelio Nogueras en su Arte Poética. Es por ello que, siendo la poesía tan poco comprimible y delimitable, nos estamos enfrentando entonces a un fenómeno que deja de ser tangible y se convierte en esencia del hombre, su vida y su cultura. No es por casualidad que Octavio Paz (1986) sentencie que “todas las actividades verbales […] son susceptibles de transformarse en poema” (p. 15), y adentrándonos a ello podemos comprender de mejor manera los cánticos o rituales de las tribus ancestrales; solo por poner uno de los miles de ejemplos históricos. Y el poema, que históricamente proviene del acto verbal, no es la única vía de acceso a la poesía sino que ella se encuentra incluso, como dijo Luis Rogelio Nogueras, hasta “en la conversación del café”, o en el arte, en un dibujo, en la prosa, en la escultura, en la canción, en la mirada… y la lista podría tomarnos unas veinte vidas más.

Pablo Neruda, en su poema La Poesía, ilustra la manera en que ella llegó a su vida. Queda abierta la invitación para disfrutarlo íntegramente:

 

Y FUE a esa edad... Llegó la poesía
a buscarme.

[…]

Yo no sabía qué decir, mi boca
no sabía
nombrar,
mis ojos eran ciegos

[…]
y escribí la primera línea vaga,
vaga, sin cuerpo, pura
tontería,
pura sabiduría
del que no sabe nada,

 

y vi de pronto

el cielo

desgranado

y abierto

[…]

la noche arrolladora, el universo.
Y yo, mínimo ser,
ebrio del gran vacío
constelado,
a semejanza, a imagen
del misterio,
me sentí parte pura
del abismo,
rodé con las estrellas,
mi corazón se desató en el viento.

La llegada de la poesía a la vida de la persona, su iniciación en el tránsito poético, es un fenómeno inexplicable, tal como expresa Neruda: “no sé, no sé de dónde salió”. Sin embargo, sintió su llamado y fue tocado por ella. Esto se relaciona con la idea de Octavio Paz (1986) cuando comenta que la poesía se encuentra dentro de nosotros mismos –omnipresencia interior y exterior- y lo que se despierta es un algo que ya estaba: “[c]ada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro” (p. 24). En las primeras líneas de La Poesía se lee: “no sabía qué decir, mis ojos eran ciegos, y escribí la primera línea vaga, vaga, sin cuerpo, pura tontería, pura sabiduría del que no sabe nada”, imágenes que evidencian la dificultad que la poesía tiene para penetrar en algunas almas, teniendo en cuenta que hay muchos seres que nunca se ven tocados por el sentir poético, aun teniendo la poesía alrededor suyo o incluso dentro. En contrapunto, Neruda comparte su iluminación poética: “y vi de pronto el cielo, desgranado y abierto […] me sentí parte pura del abismo, rodé con las estrellas, mi corazón se desató en el viento”. Una experiencia que despierta un nivel de inmortalidad en el alma humana, desvaríos momentáneos, chispazos de lucidez, sensaciones de lo poético que giran dentro y fuera de nosotros en todo momento.

Jorge Luis Borges (2017) apoya la omnipresencia de la poesía al expresar: “Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía” (p. 437). Sin embargo, el escritor –y poeta- argentino se adentra en lo netamente lingüístico y sentencia magistralmente: “Cada palabra es una obra poética” (2017a). Borges dilucida entonces que la poesía está presente en todo el lenguaje y lo ejemplifica con la palabra luna en distintos idiomas. Esa “cosa amarilla, resplandeciente, cambiante; […] a veces en el cielo; circular; [que] otras veces tiene la forma de un arco…” (2017b)  en inglés se nombra moon, y Borges siente en esta variante “algo pausado, algo que obliga a la voz a la lentitud que conviene a la luna, que se parece a la luna, porque es casi circular, casi empieza con la misma letra con que termina” (2017c). En cuanto a luna en español, la considera una palabra hermosa de las heredadas del latín, compartida con el italiano y que “consta de dos sílabas, de dos piezas, lo cual, acaso, es demasiado” (2017d). Lua en portugués le parece “menos feliz” y de la lune en francés percibe cierto misterio. Esta idea de que la poesía se encuentra inmersa en todo el lenguaje es maravillosa, certera y además va de la mano con el hecho de que no todos los seres podamos aprehender la carga poética de nuestras palabras. Es por ello que un poema es solamente su idea original en el idioma en que fue concebido. Las traducciones, diremos, son casi versiones hechas por los traductores de su percepción de aquella concepción original. Y, prosiguiendo con la muy común imposibilidad de aprehender lo poético de nuestras propias palabras –en nuestro caso el español-, Borges (2017) dirá al respecto que:

Una prueba [de ello] es que cuando estudiamos un idioma, cuando estamos obligados a ver las palabras de cerca, las sentimos hermosas o no. Al estudiar un idioma, uno ve las palabras con lupa, piensa esta palabra es fea, esta es linda, esta es pesada. Ello no ocurre con la lengua materna, donde las palabras no nos parecen aisladas del discurso. (p. 436).

Quizá la lengua materna no nos permita trascender de la función indicativa del lenguaje tan fácilmente a sus hablantes, lo cual no quiere decir que no haya poesía en nuestro español –vil falacia sería afirmarlo-, pues la idea borgiana  de que “cada palabra es una obra poética” es certera y fácilmente –en términos poéticos- apreciable. Sin embargo, aunque haya quedado clara la omnipresencia de la poesía más allá de lo netamente formal como el poema, inclusive en la esfera lingüística y en imágenes tan sencillas como inquietantes de nuestra cotidianidad, queda la pregunta de por qué no todos somos aptos de percibir la magnitud poética en las diversas esferas de nuestro entorno, y siendo así, qué diferenciaría a un poeta de una persona común, qué hace poeta al poeta, y por qué algunas personas tienden más a ese trance poético que otros. Asuntos que no dejan de incitarnos a una tentativa de explicación racional. Tentativa que, en lo poético, pareciera ser una empresa enrevesada dada la magna tendencia de ella a no ser cómodamente simplificada en explicaciones racionales. Quizá todo lo escrito anteriormente se pueda resumir en el gran verso de Angelus Silesius citado por Borges (2017, p. 447), respecto a una explicación “formal” de la omnipresencia de la poesía:

“La rosa es sin porqué; florece porque florece”.

 

Listado de Referencias.

Borges, J.L. (2017) Siete noches. La poesía. Texto íntegro en: Jorge Luis Borges, Borges esencial. Madrid: Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2017.

Neruda, P. La poesía. Universidad de Chile. Fundación Pablo Neruda. Recuperado de https://www.neruda.uchile.cl/obra/obramemorial1.html

Nogueras, L. Arte Poética. . Círculo de poesía. Recuperado de https://circulodepoesia.com/2010/08/arte-poetica-no-16-luis-rogelio-nogueras/

Paz, O. (1986). El arco y la lira. México D.F.: Centro de Cultura Económica.

Vásquez Rodríguez, F. (2014). La palabra inesperada. Aproximaciones al poema y a la poesía. Bogotá: Mancha de voces.